Al pensar en las grandes civilizaciones, aquellas que son piedra fundamental de la cultura actual, solemos mencionar a los egipcios, a los griegos y a los romanos. Esto no es un despropósito ni mucho menos. Lo que sí puede resultar una injusticia histórica, es no tener presentes a los sumerios. Este pueblo, de cuyos orígenes se sabe muy poco, arribaron a la Mesopotamia asiática, aproximadamente, en el 3500 antes de Cristo. Llegados del Cáucaso, a orillas del Mar Caspio, los sumerios se establecieron en el sur de la Mesopotamia. Conformaban un grupo de ciudades-estado, encabezadas por un rey que también detentaba el poder religioso. El período de apogeo tuvo cuatro ciudades que, sucesivamente, hicieron las veces de capital de la región. Las mismas fueron: Ur, Lagash, Uruk y Nippur. El legado valioso, que los sumerios ofrecieron a las generaciones futuras, estuvo centrado en la agricultura, práctica casi desconocida en aquellos lugares, la división del tiempo en horas, minutos y segundos, la utilización de los ladrillos de barro cocido y la invención de la escritura, mediante los signos cuneiformes. Sus futuros conquistadores, los persas, los griegos y los romanos, en ese orden, se encargarían de aprovechar los réditos de esta portentosa civilización, de propagar sus logros y de hacerlos llegar hasta nuestros días.
|