Hay un punto en el que el conocimiento científico y la creencia religiosa se paran frente a frente y, al menos por ahora y tal vez para siempre, se miran fijamente sin encontrar una respuesta suficientemente satisfactoria. Dios creó todas las cosas, incluso a sí mismo, dicen desde el paradigma religioso. La materia ha evolucionado, a partir del azar físico-químico, hasta transformarse en seres pensantes y creativos. Cómo empezó todo y qué inteligencia es aquella que gobierna nuestra genética, aún es un misterio. La naturaleza, Dios, una energía vital, quién sabe qué cosa con qué nombre y aspecto maneja los hilos de la supuesta y enigmática evolución. Por qué hay vida, sin que ningún cerebro lo haya planificado y por qué la información genética se transmite sin que nadie intervenga conscientemente. Pensar que algún antiquísimo pez tomó la decisión de salir del agua para habitar la tierra, suena poco creíble, pero cuando nos explican que se trata de una adaptación biológica al medio por una cuestión de supervivencia instintiva, seguimos con la misma duda, pues, si no fue ese pez, quién razonó y proyectó el cambio para concretar la continuidad en la evolución animal?. Habrá sido nomás la información genética, pero, qué o quién le otorgó ese poder? Alguna intervención mágica, casi milagrosa o, simplemente, aún no explicada, debió intervenir para que la vida apareciera, pero dogmas por un lado y falta de pruebas por otro, aparecen como murallas insalvables, todavía, en un camino de sinuoso recorrido que parece tener un final tan borrascoso como el trayecto mismo.
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