La viruela fue, durante siglos, una enfermedad letal causante de millones de muertes. Hoy, sin embargo, ya controlado el mal, constituye un recuerdo que en el diccionario popular se asocia con las marcas en el rostro de los "picados de viruela". El origen de este mal se ubica en el Lejano Oriente y, se supone, arribó a Europa de la mano de los cruzados que retornaban de Tierra Santa. El mal se difundió con rapidez notable y las poblaciones quedaron reducidas por la enfermedad, al punto que hacia el siglo XVII, una de cada diez personas moría a causa de ella. También se calcula que en esa época el 95% de la población adulta la había padecido. La viruela ingresó en América a través de los conquistadores, produciendo estragos en la población indígena y en los esclavos negros traídos de Africa sin defensas para protegerse de este flagelo. Durante el período colonial Buenos Aires y las ciudades del interior sufrieron periódicas epidemias, siendo particularmente violenta la que asoló a la ciudad porteña en 1605. El saber popular registraba, desde épocas remotas, el conocimiento de la imposibilidad de reinfección en quien había sobrevivido a un ataque. Utilizando este dato se intentaron rudimentarias infecciones intencionales, sin embargo, los avances en la historia humana son lentos, reción en 1796 el médico inglés Edward Jenner generalizó su práctica. Por supuesto, las regiones alejadas de los centros europeos tardaron bastante tiempo más en aplicarla masivamente. |